He de confesar que para mí una de las cosas mas importante en la vida es la amistad. Creo que amigos, grandes, buenos, verdaderos, no hay muchos y que debemos procurar cuidarlos, mimarlos, apapacharlos siempre que podamos no sólo con nuestros brazos si no también con nuestro corazón. Quien tiene un amigo tiene un tesoro dijo aquel y digo yo que quien sabe ser amigo ofrece ganancias, bienes sumatorios, ofrece algo que poca gente está dispuesta a dar: se ofrece a sí mismo. Un amigo suma, está, es.
Os dejo mi último escrito.
Os dejo mi último escrito.
AMISTAD POR ESTACIONES
Y sucedió que las estaciones nos fueron creando.
Una bonita primavera, simulando como si nada,
rutinaria y casi sin atisbo de originalidad,...
vino a regar esa amistad creciente que la magia originó.
Llegó el verano, seco, soleado,
nos invitó a cafés tras la comida,
a siestas de período vacacional
las cuales uno se permite sean de pijama y orinal,
alimentó largas charlas nocturnas al fresco de la luna.
La magia ocurrida parecía enraizar.
Los días empezaron a acortar,
la amistad a estrecharse,.
Y vino el otoño:
algunas hojas caían,
la unión se iba quedando en esquema: tronco y ramas,
el viento tronchaba lo débil,
la lluvia barría las hojas.
Aún así seguíamos luchando,
esforzándonos por conservar aquello que la primavera risueña alimentó y el verano conservó.
(¿Seguíamos luchando?).
Quedaban pinceladas, bonitas y aparentemente fuertes,
pero la lluvia se lleva la pintura si no está especialmente tratada.
Llegó el invierno, frío y descarnado.
Los cafés calientes,
las noches al fuego,
ese caldito que con su calor parecía querer encender aquella unión que se perdía,
calentar los sentimientos que de frío se encogían.
Pero llegó el hielo, duro, despiadado,
y nuestras máquinas quitanieves no pudieron con él,
quizá por motores sin fuerza
o más bien por dejar de recibir gasoil.
Posiblemente ya sea lo de menos,
lo de más que el frío invernal fue más fuerte que el calor de esa amistad.
Ahora cada quien decide a qué estación se quiere mudar. Anita
Y sucedió que las estaciones nos fueron creando.Una bonita primavera, simulando como si nada,
rutinaria y casi sin atisbo de originalidad,...
vino a regar esa amistad creciente que la magia originó.
Llegó el verano, seco, soleado,
nos invitó a cafés tras la comida,
a siestas de período vacacional
las cuales uno se permite sean de pijama y orinal,
alimentó largas charlas nocturnas al fresco de la luna.
La magia ocurrida parecía enraizar.
Los días empezaron a acortar,
la amistad a estrecharse,.
Y vino el otoño:
algunas hojas caían,
la unión se iba quedando en esquema: tronco y ramas,
el viento tronchaba lo débil,
la lluvia barría las hojas.
Aún así seguíamos luchando,
esforzándonos por conservar aquello que la primavera risueña alimentó y el verano conservó.
(¿Seguíamos luchando?).
Quedaban pinceladas, bonitas y aparentemente fuertes,
pero la lluvia se lleva la pintura si no está especialmente tratada.
Llegó el invierno, frío y descarnado.
Los cafés calientes,
las noches al fuego,
ese caldito que con su calor parecía querer encender aquella unión que se perdía,
calentar los sentimientos que de frío se encogían.
Pero llegó el hielo, duro, despiadado,
y nuestras máquinas quitanieves no pudieron con él,
quizá por motores sin fuerza
o más bien por dejar de recibir gasoil.
Posiblemente ya sea lo de menos,
lo de más que el frío invernal fue más fuerte que el calor de esa amistad.
Ahora cada quien decide a qué estación se quiere mudar. Anita
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